Reciclaje, practicidad del envase y calidad percibida

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Las galletas Country Ma’am han venido en la última compra. El producto consta de una bolsa de tamaño parecido a una bolsa de patatas fritas, pero en su interior contiene 24 galletas, 12 de chocolate y 12 de vainilla.

Las galletas son muy parecidas a los brownies o a los bollos que venden en Starbucks. El sabor es muy bueno y la presentación del producto es inmejorable.

Lo cierto es que cuando te ves obligado a reciclar, realmente te das cuenta de la cantidad de basura que generamos. La mayoría es plástico. En el caso que nos ocupa ahora, hay mucho plástico que podría ahorrarse. Voy a explicarlo con un poco más de detalle.

Dentro de la bolsa de Country Ma’am, las 24 galletas vienen en envoltorios plásticos individuales. Pasa exactamente igual que con algunos tipos de magdalenas de La Bella Easo o de Casado. Es evidente que si las galletas están separadas individualmente, se conservarán más tiempo, por lo que el producto siempre va a estar en perfecto estado, lo que redunda en una mayor calidad a la hora de consumirlo. Pero el coste es muy elevado: una cantidad enorme de plástico que, en principio, no es necesario.

Si en el envase secundario, la bolsa grande, pusieran un cierre de tipo ZIP, el producto podría consumirse de un modo prácticamente igual, con menos gasto de plástico y sin dañar el estado de las galletas por estar expuestas al aire. He probado este tipo de envases con las bolsas de cacao en polvo y funciona de maravilla.

Mi opinión personal es que consumir estos productos, con los envoltorios que muestro, no es un acto socialmente responsable. El cliente es lo más importante, pero no siempre tiene la razón. Estos envases son muy innecesarios y generan demasiados residuos. Tanto el Estado como las empresas deberían trabajar en la concienciación no sólo de los ciudadanos en sus responsabilidades sociales, sino en los ciudadanos como consumidores.

Que estas galletas vayan todas juntas en una sola bolsa no supone una pérdida de calidad para el producto ni menos valor añadido para el cliente. De hecho, con la presión estatal en el tema del ecologismo, sería muy sencillo aprovechar un cambio de formato como una apuesta por esos valores y dotar al producto y al propio fabricante de una mejor imagen de marca, responsable con el medio ambiente; de esa forma, tanto la sociedad en general como el fabricante saldrían beneficiados. Y el consumidor por su cuenta, vería simplificada la tarea de separación de la basura.

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